Ladrones de ideas

14 marzo 2011

Massimo Mazzali, Europe sales director de Mandarina Duck, es un gran tipo, un tío enérgico (¡inagotable!), vital y con el punto seductor que debe tener todo italiano de bien. Quizás también sea un encantador de serpientes, otra característica que abunda en Italia pero, en cualquier caso, es un gran tipo.

Mientras tomábamos un Chardonnay Pilat del 2009 de Wilheim Walch en el Sadler (Milán), Massimo me comentó que deberíamos convertirnos en ladrones de ideas. Me puso por ejemplo a un arquitecto emiliano que ideó un Bolso con cinturones de seguridad o no recuerdo exactamente que… Tampoco viene al caso.
Afirmó que las personas los Hombres que tienen ideas, muchas veces, prefieren permanecer en el anonimato y que no tienen demasiado interés en venderlas. Por ello se deben robar, afirmó con aquella convicción del que se sabe soñando. O quizás con la angustia del que se sabe no-creador.

La propuesta me turbó. Y concluí que robar ideas no sería rentable, al final, las ideas (especialmente las buenas) escasean más que el dinero, ¡que ya es decir!

Luego me apareció en algún RSS la lista de billonarios de Forbes 2011.


Imagen robada a educima.com.

Así, de bote-pronto, descubrí que entre los 15 tíos más ricos del mundo hay, como mínimo, tres ladrones de ideas, a saber: en segunda posición a Bill Gates, de Microsoft; en séptima posición a Amancio Ortega de Zara; en decimotercera a Stefan Persson de H&M.
También encontré a Ingvar Kamprad & family de Ikea en 162a. posición (pero este tiene la fortuna en Liechtenstein y allí está sujeta al secreto bancario). Y a otro de Napster del que no recuerdo ni el nombre ni la posición.

Está claro que robar ideas siempre ha sido un gran negocio y que un servidor ha vuelto a pecar de necio en sus conclusiones.

Afortunadamente, en la lista de marras, también encontré a otros individuos como Bernard Arnault* (mecenas de la creatividad del SXXI, de LVMH, y al alcance de pocos), en cuarta posición y a mi idolatrado Steve Jobs, de Apple, en 111a (algo más asequible que Vuitton, por aquello del iPhone).
Algo me consuela.

*Vive la France!

Aumentando la colección

9 marzo 2011

Después de meses de sequía, hemos encontrado otro libro (presentable) sobre Bolsos que pasará a engrosar nuestra colección de libros de bolsos que se encuentra, con toda probabilidad, entre las mejores del planeta y a la que, sin duda, más cariño le tengo.

En esta ocasión se trata de:

PAUL, Tesa. Handbags. The ultimate accessory. 1a. Ed. New York: Chartwell Books, Inc., 2010.
Comprado en la librería Rizzoli (en la Galleria Vittorio Emanuele II, Milán) en marzo de 2011. €28,00.
Adquirible online aquí.

También hemos comprado, relacionados con el tema pero manteniéndoles fuera de la colección, Mariella Burani Fashion Group. Storia di un crac, de Stefano Campani y Paolo Pergolizzi (Ed. Ediesse. Va por ti, Vane) y I capricci della moda, I post del Direttore, de Franca Sozzani, directora de Vogue Italia (Ed. Bompiani).

Y la séptima edición de la Guide Parker des vins de France. Pera esta es ya otra historia.

Tiendas emblemáticas de Barcelona, ¡Ja!

3 marzo 2011

[...] Calculan que Barcelona ha perdido ya alrededor de 40 tiendas centenarias en los últimos 20 años, diez de ellas apenas en los últimos tres.

Es lo que hay.

La ‘Associació d’Establiments Emblemàtics de Barcelona’ nace con la loable voluntad de defender esos establecimientos, muchas veces centenarios, que han formado parte de nuestras vidas, de la vida de nuestros padres y abuelos, de nuestra cultura, de nuestros recuerdos, de nuestras ilusiones, de nuestro terruño y de nuestra historia. Aquellas tiendas que también deberían formar parte de la vida de nuestros hijos.
Son aquellos caramelos que comprábamos en La Colmena con Raimon, cargados de sueños anarquistas, antes de entrar a la Filmo del Carrer Mercaders para ver el ciclo de Robert Bresson y su entrañable carterista. El cirio que compramos para Clara, mi pequeña e incomprendida hermana, el día su bautizo en la Catedral. O la cazalla que tomábamos, mientras asomaba el sol, en el Bar Cazalla de las Rambles, apurando la últimas monedas de duro que todavía no nos habíamos gastado. Los fresones de Ca la Jesusa. O el tobogán de Torrents. O la tienda del Passeig de Gràcia de Gonzalo Comella, donde acudíamos tímidamente algunos primeros de mes al iniciarse la campaña de verano e invierno. O Gala y sus fantásticas tiendas de Bolsos de Vía Augusta, ahora reconvertida en Vía María o del Bulevard Rosa, ahora reconvertida en Toscana. Por no hablar de Discos Castelló o de la Llibrería Iona.

Ahora todo esto no vale una mierda nada. No tiene más valor que el que le damos, que es muy poco.

No valen las subvenciones, ni las asociaciones, ni las campañas a favor del comercio emblemático, ni las quejas, ni los lloriqueos. Esfuerzos inútiles, vacíos.

Sólo vale salvar las pajarerías de las Rambles y, ¡qué carajo!, a los toros si hiciese falta*.

Sólo vale que el que venga a vivir con nosotros valore, respete y comparta la grandeza de las pequeñas cosas de nuestra ciudad, de nuestra historia, de nuestro país. Venga del Pallars Subirà, de Badajoz o del Perú.

Sólo vale empezar por el respeto a nosotros mismos. Por tener autoestima.

Vale el puntapié en el trasero a la basura que nos llega de China, a las réplicas y a sus agentes, sean la manta, Ikea, H&M o Zara. A los pueblos inventados y a la venta de saldos online. A toda esa bazofia del low cost.

También valdría el respeto de nuestros medios, esos que se iluminan con cualquier iniciativa, por fútil que sea, por el mero hecho de ser nueva, por ser de fuera. Pero con esos ni soñarlo.

O una vuelta por París, porqué el parisino, a pesar de su manifiesta antipatía, no se deja menospreciar ni por su propio Carrefour. A la emblemática tienda de quesos o a la frutería de monsieur Dupond (como la perfumería de Annick Goutal) no la toca ni Dios, por la sencilla razón de que el parisino compra y comprará ahí durante generaciones. Donde, de puro respeto a si mismos, una botella de Romanée-Conti se cotiza a 5.000 euros. Llámenle chauvinismo, si quieren.

Al final, señores, los que decidimos el comercio que tendremos somos sólo nosotros. Decidiendo donde compramos. Decidiendo donde no compramos.

Y mucho me temo que Toscana deberá compartir el espacio con bazares de chinos, top mantas, Lidls y grandes tiendas de muebles copiados montadas por empresarios tacaños con sede en los Países Bajos (donde el impuesto de sociedades brilla por su ausencia). Eso si, un año de estos, no decidimos trasladarnos a París, Londres, NYC o Nueva Delhi**.

Esta es mi fotografía.

Por cierto, ¿ya es usted fan de Toscana: http://www.facebook.com/etoscana? Venga, anímese.

* Algunos de mis lectores conocen mi faceta filo-vegetariana.
** No me malinterpreten. Toscana goza de cierta prosperidad y muchísimas ganas: Creo que nos espera una larga vida.